En opinión de muchos sicólogos, definir el estrés es una tarea difícil debido a que las percepciones individuales del mismo difieren considerablemente. El estrés está asociado a un conjunto de experiencias y cambios tan sumamente amplio que puede dificultar su cuantificación e incluso su identificación.
La definición que goza de una mayor aceptación es la que propone la sicología. El estrés es la respuesta del sistema nervioso a un acontecimiento o una situación que se percibe como una amenaza. Esta respuesta es un mecanismo de lucha o huida, ya que las hormonas que el organísmo secreta al sentir miedo, como la adrenalina, proporcionan al cuerpo la potencia física para enfrentarse al peligro o huir.
El estrés puede ser agudo o crónico. El estrés agudo hace referencia a la activación breve de la respuesta de 'lucha o huida'. El estrés crónico describe la activación persistente de dicha respuesta, haciendo que el cuerpo se encuentre permanentemente en una situación de alerta. Este tipo de estrés puede ser pernicioso, pues provoca un agotamiento físico y emocional y aumenta la vulnerabilidad a diversas enfermedades físicas y sicológicas.
Cada periodo de la vida, infancia, adolescencia, edad adulta, madurez y vejez, conlleva unas vivencias y una serie de circunstancias específicas. Algunas de ellas dan suma felicidad, otras son traumáticas y otras son una combinación de ambas. Prácticamente todas las experiencias de la vida pueden provocar estrés, según como las asuma cada persona. No obstante, los sicólogos han identificado factores potenciales de estrés especialmente comunes y que suelen coincidir con los acontecimientos vitales de mayor relevancia, como los nacimientos, las enfermedades, los accidentes, las relaciones sentimentales, las separaciones y las defunciones.
El trabajo es en la actualidad una de las principales causas de estrés. Esto se debe a que no sólo implica hacer frente a las obligaciones laborales, sino que también está relacionado con nuestras metas personales y el deseo de satisfacer las expectativas que la familia y los amigos depositen en nosotros.
El estrés afecta a nuestra piel igual que a otras partes del cuerpo. Afecta desde dentro el organísmo por causa de enfermedades, por una mala nutrición, por las tensiones que provoca la familia y el trabajo diario, el ruido, la contaminación...
El estrés se puede llegar a sufrir sin darnos cuenta ya que se manifista con muy diversos síntomas. Los problemas para concilir el sueño, la falta de apetito, los cambios bruscos de humor e incluso la falta de deseo sexual son algunos de ellos.
En cuanto al estrés en la piel, se manifiesta también de formas diferentes según si la piel es sensible, si es una piel ya madura... Por ejemplo en el caso de la piel sensible, el estrés se manifiesta causando picor, descamación y hasta escozor. La piel reacciona de forma negativa contra el estrés. Lo más recomendable en estos casos es la aplicación de pomadas o cremas calmantes para pieles sensibles y en casos más graves acudir con prontitud al dermatólogo.
En los casos en los que la piel se muestra apagada, con un tono triste y casi enfermizo es muy probable que se deba a la falta de hidratación o a la contaminación atmosférica. Es en estos casos en los que se deben aplicar cremas de día y de noche para reconstruir la capa celular dañada.
Las pieles adultas o maduras acusan el estés con la aparición de bolsas en los ojos, arrugas más prominentes... El motivo es que la energía de la epidermis, en momentos de estrés, es cedida a otros órganos para su mejor funcionamiento. Para intentar solucionar el problema es recomendable un tratamiento de choque estimulante de la renovación celular. Muchos cosméticos en la actualidad pueden devolver la luminosidad, frescura y elasticidad de la piel perdidas.